Se acerca el 2 de junio, Día Mundial de Acción por los Trastornos de la Conducta Alimentaria y, estos días en especial, recordamos que ahí siguen los TCA acompañándonos con la terquedad de siempre, si no peor. Y es que los casos siguen siendo enormemente numerosos. Hace ya bastantes años que eso viene ocurriendo y con la Pandemia las cifras aún han aumentado. Además, van bajando los límites de edades a los que se inician estos trastornos.
Estos hechos solos ya deberían alarmarnos. Pero hemos asimilado la existencia de esos trastornos como una cosa corriente en nuestra vida cotidiana. Las elevadas cifras de su prevalencia y de su incidencia, junto con la poca visibilidad de lo que consigue reducirlos, nos inclina a resignarnos a convivir con ellos con una cierta anestesia en vez de la alerta que lógicamente debería suscitar.
¿Cómo puede ser que esas chicas y chicos tan inteligentes y preparados sigan persiguiendo una delgadez exagerada sin notar que ya la alcanzaron y hasta la sobrepasaron, o que sigan bajo impulsos a excederse en comer, beber etc. sin lograr una satisfacción que les calme? Buscan esas conductas, y las ocultan para poder llevarlas a cabo, aunque en el fondo desean liberarse de esa esclavitud. Pero ¿cómo podrían si ellos mismos no saben de verdad por qué lo hacen, por qué lo buscan?
Los que queremos ayudarles ¿nos damos cuenta de que no es suficiente insistirles en cómo han de alimentarse o comportarse? Si no nos centramos –todos– en lo que tiene sentido para ellos, en su profunda y oculta insatisfacción, y actuamos por esa vía, ahí seguirán los TCA.
¿No deberíamos considerarlo un fenómeno más “sistémico”? No sólo por su insistencia, y resistencia a ser superado, sino porque sea un emergente de nuestro sistema socio-cultural. ¿No deberíamos interrogarnos más, o mejor, sobre en qué consiste? Porque si no ¿cómo es que nuestra sociedad no avanza más en su resolución?
No debemos olvidarnos de todas esas personas y sus familias, que están atrapadas en ese tipo de sufrimiento para el que no encuentran explicación de que sea tan doloroso y a la vez tan aparentemente absurdo.
Tomar conciencia de todo ésto sería el primer paso en el esfuerzo que parece faltar en nuestra sociedad para ganarle terreno al trastorno. Un segundo paso sería no dejarnos atrapar en lo mismo en que están atrapados los que lo padecen: en enfocarlo todo en el cuerpo, como un asunto de comida y de peso. Pues hay algo psicológico –más interno– que nos concierne globalmente que se filtra en nuestras costumbres y en la educación, y que promueve todo eso.